El escritorio de Emily Dickinson
Puede que el escritorio de Emily no tenga nada de extraordinario. A simple vista, es solo un mueble más en una habitación tranquila. Pero basta con que ella se siente, con que apoye suavemente los codos y deje que su mirada se pierda por la ventana, para que ocurra el hechizo. Porque ese escritorio —tan modesto, tan callado— puede transformarse en una puerta secreta al jardín de las palabras, en un velero que surca mares de tinta rumbo a Buenos Aires, a Perú, o hacia algún lugar que aún no existe, pero que espera ser escrito.
Allí, bajo la luz temblorosa de la luna, cuando la casa entera se sumerge en el sueño y todo parece quieto, Emily está más despierta que nunca. De su pluma brotan poemas como si fueran suspiros del alma, versos que nacen suaves, secretos, pero firmes como la raíz de un árbol que sabe a dónde pertenece. Escribe cientos, miles… como si el mundo solo pudiera respirar a través de su tinta.
¿Y que las mujeres han nacido solo para quedarse en casa? ¡No, no y mil veces no! —grita, aunque su voz no sea un grito, sino una certeza ardiente que arde en silencio—. Emily no acepta las jaulas dulces ni los destinos dictados. Ella ha nacido para crear, para soñar, para decir con palabras lo que otros callan. Ha nacido para ser poeta. Y lo será. Con cada letra, con cada noche, con cada hoja que tiembla bajo su mano, lo está logrando.
Autor: David Aceituno, Esther Gili
Tapa dura
32 páginas
Edit. ASTRONAVE
Edad recomendada a partir de 8 años.
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